19 de enero de 2018

La jungla / Cuadernos de Norteamérica

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Viajo en metro. Anochecida tarde de Vienna, Virginia. Muy pocas personas. Un hombre gordo, joven, me pregunta por mi país. Dice que, como miembro del ejército salvadoreño, vio videos de cómo se derrotó al Ché en Bolivia. Entrenamiento de contrainsurgencia. Se define como hombre de D’Aubuisson, el asesino. Su grupo se llamaba “La Jungla”.

Sonríe al contar que en la noche sacaban a la gente de sus casas. La llevaban al “Pozo” y allí la martirizaban. Después de decapitar reunían las cabezas en bolsas grandes para cocos. En la mañana, en camionetas por los mercados, arrojaban las bolsas en medio de la multitud. En un principio la gente corría a ellas, pensando que llevaban fruta. Luego se acercaban a reconocer los muertos…

En tres años de Estados Unidos encontré muchos exsoldados de El Salvador, “refugiados”. Casi todos eran criminales y se preciaban de serlo.

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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 21/01/1992
Publicado en Le Coq En Fer , 14/9/2017

Fotografía: Escuadrones de la muerte de la Guardia Nacional de El Salvador
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El tiempo vuela

Pablo Cerezal

Te has acercado a mí mientras leía las noticias en la pantalla del ordenador. Me has derramado en el cuello el tintero en que tus labios mojan sus mejores versos. Saliva azul tatuando meandros en mi pecho. Al instante, sin previo aviso, has marchado a hacer no sé qué cosa. Contrariado, he regresado a las noticias. Mal escritas, alevosas, cicateras, dañinas. He decidido liarme un cigarro. El paquete de papel de fumar avisa, en su lomo: flying paper, papel volando -según me explica el traductor de Google-. Pues vaya, si lo sé no acudo a Google, que a esa conclusión me permite llegar mi desnivelado nivel de inglés. Liado el cigarro le he aplicado el soplo azul de una llama. De fósforo, que queda muy Bogart abandonado por la mujer que ama. Y es que así me siento, pero con menos estilo que Bogart. Al aplicar una profunda calada al cigarro se ha desprendido un escueto pedazo de papel, a media combustión, que ha ejecutado promiscua danza, a lo Nijinsky, en la atmósfera célibe del cuarto en que trabajo, tornando a cada momento más oscuro y leve, con sus piruetas de acróbata microscópico.

Al entrar tú, de nuevo, en la habitación, el flying paper ha decidido suicidarse, desde las alturas de una gravedad equívoca, contra el piso vertical de tu axila derecha. Allí, ha regalado opacidad a una gota de sudor que te buscaba las cosquillas. Mi lengua la ha exiliado de tu cuerpo, y mi paladar se ha envenenado de ceniza y deseo. Pero ha vencido la ceniza. Tú, de nuevo, has abandonado la estancia, marchando a hacer no sé qué otra cosa.

Entre masturbarme o seguir fumando, en esta ocasión, he elegido lo segundo, y seguir leyendo las noticias. Una, la más pequeña, la menos grandilocuente, ha reclamado mi atención: han descubierto que un español desaparecido hace 17 años vivía como ermitaño en una tienda de campaña situada en los alrededores de un pueblecito de la Toscana. Como aún te siento cerca pienso que es normal que el desaparecido se hubiese exiliado en la Toscana, que tiene nombre hembra y espigas de vello púbico surcándole los campos. Aunque la realidad, imagino, ha de ser más prosaica. Tal vez el citado español que quiso desaparecerse, fuese una suerte de Nostradamus ibérico. Seguro que, hace 17 años, ya pudo augurar a esta sociedad, leyendo las noticias, un futuro más negro que la ceniza del cigarro que consumo. Creo que por aquel entonces los teléfonos móviles no incorporaban GPS, y si lo hacían eran los demasiado caros, los que hoy, igual de caros -o más- han democratizado la idiocia del gasto banal y superfluo. Pero puedo asegurar, sin miedo a equivocarme, que nuestro Nostradamus patrio no disponía de ese tipo de aparatos. Así pudo marchar, libre y anónimo, para olvidar un mundo que ya no le necesitaba.

Huyó, desapareció, voló como lo hacen las noticias en pugna con la fugacidad de los días, como el flying paper con que me lío estos cigarros que saben a madrugada y fracaso. Pero los periódicos, hoy, carentes de profesionales comprometidos y sobrantes de intereses económicos, han de rellenar los huecos que dejan las bajas de las guerras del hambre, como bocas cariadas de niños que a nadie interesan salvo a sus padres muertos bajo los bombardeos de los daños colaterales, como casas que perdieron su familia en la guerra de las hipotecas dejándose extramuros la palabra hogar, como nóminas que perdieron sus cifras de pan de ayer para mejor amasar las hogazas de diseño integral de los potentados, como políticos que perdieron la razón desde el primer instante en que juraron poseerla como poseían el deseo inalienable de servir al pueblo, los periódicos, digo, a falta de informar, no vaya a ser que sus escasos lectores alcancen a comprender en qué mundo viven, han de rellenar los huecos con noticias que a nadie importan salvo, quizás, a mí, que le deseo al Nostradamus español la mejor de las suertes: que no le sigan buscando (parece que huyó, de nuevo, una vez descubierto), que le dejen recorrer la Toscana en libertad, como yo recorrería esta noche tu cuerpo si me dejasen. Si me dejases, pero es que siempre tienes cosas que hacer, y descubro que no has besado mi cuello, y que la axila que he lamido hace apenas unos instantes, era la que fulguraba en la pantalla del ordenador, anunciando un nuevo desodorante e impidiéndome la lectura de las noticias. Me refiero, ya saben, a esos pop-ups que amenazan con devorar el presente, esos anuncios que ocupan toda la pantalla y son hoy, ahora, ya, única noticia del pensamiento único: compra, si no quieres quedarte atrás o, en el mejor de los casos, flotando cual flying paper de cigarro a medio consumir.

Pienso en ese español clarividente, autoexiliado en los campos de la Toscana, y me da gana de abandonar las noticias y exiliarme en tu recuerdo, recorriendo mi piel con estos dedos que ya apenas sirven para merodear palabras, o para sostener cigarros a los que se les vuela el papel. Y es que hay noches en que hasta los objetos inanimados le rehúyen a uno.

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De INMEDIACIONES, 18/01/2018
Publicado en Sugiero Leer 19/01/2018
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Chuquiago. Deriva de La Paz

Miguel Sánchez-Ostiz

Contento y agradecido. Agradecido a su editora, Pilar Rubio porque ha creído en ese libro de patiperreo urbano por una ciudad que me seduce como ninguna hasta ahora; y contento porque salga en España la edición de un libro que se publicó el año pasado en Bolivia, con éxito, y que fue desdeñado aquí por motivos poco claros.

Para la edición española se han hecho las correcciones pertinentes porque el lector, obviamente, no es el mismo: no le vas a explica a un paceño obviedades y a un español no puedes dejarle in albis con detalles importantes que le resulten incomprensibles. Confío en ese libro porque su editora confía en él y porque está escrito con la pasión que contagia una ciudad y un mundo, La Paz, Bolivia, del que me siento inseparable. Espero que haya resultado, como me decían con sorna intútil hace años: «un libro muy tuyo».

Escribe la editora:

«Si hay una ciudad amada en las geografías vitales de Sánchez-Ostiz, sin duda es esta Chuquiago, el nombre aymara de la capital boliviana, a la que va y viene desde 2004. Una ciudad de barrocos excesos, de realidades inabarcables, de acumulativa humanidad que impregna sus calles como trazadas a cordel. Recuerda el autor que Gómez de la Serna la hubiera bautizado como cataclismática. Así son estas derivas por sus laberintos callejeros en medio de un griterío inacabable donde bulle la vida de sus habitantes, así como la de un puñado de personajes inolvidables. Aquí la realidad es pura fantasía, nos recuerda el autor, «¿para que inventarse mundos imaginarios si están en La Paz?». Pura vida.»


*Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (15/01/2018)



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Hay una fiesta en mi cabeza

Aldo Alcota

1
Hay una fiesta en mi cabeza. De las buenas. Esas que jamás se olvidan. Pero no voy a invitar a nadie. Yo soy amo de esa fiesta. Mi único invitado. Bailo con la música que me gusta. Soy mi Dj, mi anfitrión, mi maestro, mi discípulo, mi santo, mi estrella del rock, del pop y del trap. Seré todo lo que quise ser y nadie me dirá nada. Lo siento. No están invitados a la fiesta que retumba en mi cabeza.  

2
Es mi party con mucho volumen y sólo yo escucharé esas canciones que aún no han salido al mercado discográfico. Cuando me mueva como bailarín de videoclip, me reiré de todos ustedes. Jamás estarán en mi pista de baile. Haré de mis horas fiesteras mi política de la indecencia, la brutalidad, la indiferencia hacia el mundo y la carcajada. Me beberé todas las botellas por haber. La desmesura no tendrá final. Y no filmaré nada para que nunca conozcan los detalles de mis fiestas. No subiré a YouTube mi diversión. Mis fiestas son mis fiestas. Mi cabeza es una discoteca privada. No quiero que me pidan nada. Quiero que me dejen tranquilo con mi ritmo.

3
Jalaré en una de mis fiestas las cenizas de Truman Capote. Será un regalo a mí mismo. Compraré las cenizas del escritor en la subasta de Julien’s Auctions y las esnifaré durante varios días. Tendré mucha energía para bailar. Como lo hacía Capote en Studio 54. Me convertiré en alguien incontrolable. Mis piernas no pararán. Llevaré sombrero y lentes oscuros como el autor de El arpa de hierba, uno de mis libros favoritos. Las cenizas de Capote irán de la cajita japonesa a mi nariz. A nadie le convidaré. Y saltaré como un ternero de dos cabezas. Seré diferente a todos. Son mis fiestas y quemaré con mi encendedor el dinero que encuentre a mi paso.

4
Me he convocado a una fiesta descomunal para celebrar mi triunfo como candidato a la presidencia del país. Los he engañado a todos y no podrá ir nadie a la fiesta del triunfo. Iré sin bañarme, enloquecido, sin documentos, con los zapatos llenos de polvo. Espero pisar caca de perro para que todo huela bestial y oiré un bucle electrónico.

5
Para que ninguno de mis votantes llore por no poder ir a mis fiestas, les regalaré sonidos de risas en bucle como premio de consuelo. Podrán disfrutarlo en sus casas y dormir tranquilamente sin problemas.

6
Voy a bailar dentro de mi cabeza como lo hacía Truman Capote junto a Marilyn Monroe, Liza Minelli y Grace Jones. Y comeré la bola de la discoteca como si fuera un melón. Trataré de ahogarme. Toseré con ganas y esa tos será escuchada en las pesadillas de los que nunca me escucharon. No los dejaré tranquilos.

7
Mis bailes son experimentos caseros. El que quiera imitar mis movimientos tendrá que pagar. Son mis derechos de autor. Con el dinero recaudado publicaré poesía cursi sobre mí. Nada me detendrá. Se van a comer mis libros con papitas fritas. Soy una fiesta todos los días del año. Me enamoro de mis fiestas. Cada una es un capítulo de una novela que sólo la escribo en mi cabeza. Las razones de mis fiestas son mis ganas de olvidarme de ustedes. Quiero muchos focos en mis fiestas. Repetiré cientos de veces la palabra fiesta hasta cansarme. Sí. Es importante lo que pasa en mi cabeza. Apuesto a que ustedes no pueden hacer las fiestas que yo hago. Todo en mi mente es festividad, festival de borrachera presidencial. Mi ley.

8
Dentro de mi cabeza, proyectaré las siguientes películas en pantalla gigante:
Meshes of the afternoon. Maya Deren. Estados Unidos. 1943.
Las margaritas. Věra Chytilová. Checoslovaquia. 1966.
Un perro andaluz. Luis Buñuel / Salvador Dalí. Francia. 1929.
Los olvidados. Luis Buñuel. México. 1950.
El unicornio. Louis Malle. Francia / Alemania. 1975.
Fausto. Jan Švankmajer. República Checa. 1994.
Las tres coronas del marinero. Raúl Ruiz. Francia. 1983.
Alicia o la última fuga. Claude Chabrol. Francia. 1977.
Miedo y asco en Las Vegas. Terry Gilliam. Estados Unidos. 1998.
El manuscrito encontrado en Zaragoza. Wojciech Jerzy Has. Polonia. 1965.
Los cantos de Maldoror. Shuji Terayama. Japón. 1977.

Se escucha hasta la madrugada:
hoy yo no quiero fumar regular, tráeme un kush que me haga sentir espectacular.

9
Les regalo una fiesta. Con mucha hamburguesas, pizzas, completos, bebidas, cervezas, platos de cartón y vasos de plásticos. He pensado en un gramófono. Que la fiesta tenga un aire nostálgico. Mis talones están a un nivel excepcional. Bailo mientras planeo un gran sabotaje contra ustedes.

10
Jamás tendrán las fiestas que hay en mi cabeza. No escucharán mi música y tampoco la  bailarán. No insistan.     


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Sainetes de hoy, tragedias de ayer

Roberto Burgos Cantor

La vida, ¿qué será lo que llamamos vida?, acoquina a los seres con las encrucijadas de sus anomalías y nos pone contra la pared, ese muro que, de no ser derrumbado, sostendrá nuestro cuerpo destruido por las espadas o las lanzas o las bombas; o dejará pasmados los restos de nuestra conciencia atiborrada de preguntas no respondidas. Sonajero de estruendo que repica en el funeral sin dolientes.
En tiempos así, quienes aún leen novelas y cuentos, se inmiscuyen en los bosques del poema, perciben algo que gratifica en cuanto espanta el sentimiento inerme de una impotencia sin defensa, y ponen a flote los poderes de la esperanza, el sentido transformador de la resistencia.
Consideraciones de estas surgían al verificar como el oleaje de la corrupción había roto, desde hace siglos, los diques de orden religioso, o moral, o legal con los cuales las comunidades preservaban una convivencia con menos sobresaltos y más acuerdos sobre las virtudes compartidas. Ese fondo humano que permanece en una limosna y en un negocio.
Por estos tiempos, de Dios y del Diablo, el acto corrupto, al ser descubierto tiene un despliegue de publicidad que a lo mejor nunca antes tuvo. Y de aquí se desprenden preguntas: ¿Qué conduce a personas que lejos de ser hijos de mala madre, contaron con el afecto de un hogar, el esfuerzo por permitir una educación de calidad, a arrojar ese acumulado de bondades para cubrirse de porquería?
La contestación es otra pregunta: ¿Qué pasa con la familia, la educación?
Mucho antes la sanción del delito se aplicaba según su cuantía. Amputar la mano, el brazo, la pierna, el pie, la cabeza. Es decir, el cuerpo como la mente interiorizaban el rechazo a lo indebido. Un mocho de por vida, un descabezado de por vida, eran un muestrario de vergüenza eterna.
Ahora, una sociedad que se mueve entre el hastío y la indiferencia, ve sin compasión las noticias. Apenas una leve reacción si el delincuente es el hijo del vecino, o el compadre, o el comprador de votos de la comarca. A lo mejor se dará cuenta que no hay asombro cuando aparecen las cuantías. Son inconcebibles y cuesta entenderlas.
La reacción es la misma. Cien mil años de prisión. Pena de muerte. Devolución de lo robado. Lágrimas de cocodrilo.
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Altiplano


Pablo Cingolani

Apenas sentí tu hechizo
Supe que me ampararías
Con tus labios de volcanes
Con tus senos de fértiles yaretas
Con tu vientre de oquedades
Vientos, amables desgarros

Nunca te temí. Tu voz
Tu canto de antiguas soledades
Pobladas de pukaras y vicuñas
Era más fuerte, atesoraba más soles
Que todas las palabras
Que jamás me animé a pronunciar
Tu voz era más luminosa
Que todos mis silencios

Siempre confié en vos
Siempre me acunaste
Elegí escuchar tus latidos
Esos que agasajabas en arenas ausentes
Que volvieron a retumbar
En el mar lejano y sin fin de los salares

Por allí, andaba el Germán, ese tu eco
Que clamaba y clamaba en medio de la noche
La más hostil, la más desdichada

Él, el centinela, el guardián, me enseñó a danzar
A elevarme, como los cerros
De toda esa miseria que busca
Demonios, domarnos, dormirnos, volvernos sin fasto
Sentirnos crueles, dejar de soñar

El, me enseñó del ajayu, desde su ajayu, tu ajayu
Del alma de las soledades, los silencios
El me contó de ese toro negro, bravo, ciego
Que en medio de lo blanco, de todo lo blanco
Del salar, arremete, busca sangre, enceguece

El me enseñó cómo enfrentarlo
Si vas a sufrir, sufre, me dijo, pero sufre hasta el final
Si vas a querer, quiere, pero quiere igual

Los que padecen a medias
Nunca saben que la desdicha
Es peor que morir, duele más que matar

Los que aman por la mitad
Nunca saben que el dolor
Si se empeña, si se atiza
Jamás se despeña. Te puede acabar.

Pablo Cingolani


Río Abajo, 18 de enero de 2018
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15 de enero de 2018

Interviú.




 Jesús Ibrahim Chamali.
                      Era el 22 de mayo de 1976 y en poco más de una semana yo cumpliría catorce años. Era un adolescente tímido, encerrado en mis miedos y con una bulimia lectora que hacía que devorara cualquier cosa que cayera en mis manos, desde un comic hasta el Discurso del Método, del viejo Descartes. Mi vida, como la de la España de aquellos años, era un maremágnum insólito que se debatía entre una educación religiosa y fascista y los deseos de libertad que todos empezamos a sentir en esos años  de nuestras vidas. A Franco, el dictador, todavía se le llamaba el Caudillo o el Generalísimo, con un tono a medias entre el respeto a quien fue Jefe del Estado (y amo y señor de nuestras vidas) y el miedo a que, en el fondo, a pesar de llevar meses muerto y enterrado bajo una losa de tonelada y media, fuera capaz, como Jesucristo, de resucitar y volver a tomar las riendas de ese país que ya empezaba a desmelenarse.
                         Como dije, yo estaba a punto de cumplir catorce años y las hormonas estaban en plena ebullición. El sexo, "eso" que estuvo prohibido durante cuarenta años en España, empezaba a ser el centro de todo; conversaciones, portadas, libros, películas, tesis doctorales y, por supuesto, era mi único pensamiento claro y recurrente a pesar de ser  ese bulímico lector como ya he confesado. Y en ese ambiente, esa semana, nació INTERVIÚ. Era una revista que, de alguna manera, imitaba a PLAYBOY, recogiendo noticias de calado, haciendo reportajes de una calidad inusitada hasta ese momento en la prensa escrita española y  llenando las páginas centrales (y mis deseos, claro) de cicas famosas ligeras de ropa. INTERVIÚ fue el revulsivo que necesitaba España y su aburrida prensa en esos momentos.  
                          Hoy tengo casi cincuenta y seis años. Durante los últimos cuarenta y dos me ha acompañado, semana a semana, destapando no solo mujeres de bandera sino que haciendo, tal vez, el mejor periodismo de investigación que se haya hecho en este país en toda su historia. Algunos de sus reportajes fueron míticos y algunas de sus portadas, con esas chicas (y algunos chicos en su última etapa) fueron tan buscadas que llegaron a agotarse a la media hora de salir a los kioscos. 
                          Hace una semana, el Grupo Z, propietario de, entre otras cabeceras, TIEMPO o INTERVIÚ, decidió tras una reunión con los trabajadores que duró diez minutos, decidió que cierra ambas revistas. ¿Qué nos ha pasado? ¿De verdad en España solo vende ya la prensa basura? Algunos le echan la culpa a la crisis. Otros a Internet, diciendo que desde existe la red, nadie necesita leer en papel noticias o ver a mujeres más o menos desnudas pero siempre con una perspectiva de erotismo y no de pornografía. Lo cierto es que en INTERVIÚ escribieron personajes como Joaquín Sabina, Juan José Millás, Forges, Fernando Savater, Luís Sepúlveda, Jesús Torbado, Joan Barril, Francisco Umbral,, Camilo José Cela, Villalonga, Vazquez Montalbán, Manu Leguineche... y esos puntos suspensivos seguirían hasta el infinito. ¿Es que ahora ya no interesa la literatura periodística? ¿Tan bajo ha caído este país como para que solo consuma prensa rosa, salmón o amarilla?
                        Yo soy como soy gracias a INTERVIÚ, a su valor a la hora de denunciar casos y cosas y de elegir temas de peso y autores de calado para escribir sobre ello. Aprendí a perder el miedo a pensar libremente, aprendí a ver a una mujer desnuda con naturalidad, sin sentir culpabilidad demoniaca o sin sentirme sucio, aprendí que nunca hay que aceptar a la primera lo que te venden, ya sea en literatura, en política, en la prensa o en la vida, sino que hay que revolver, revisar y releer todo antes de aceptar nada como auténtico. Si yo hoy fuera ese adolescente catorce años que fui en 1976, ¿qué referente tendría? ¿Cómo sería la vida de ese adolescente dentro de cuatro décadas? 
                        Hoy, como cuando Franco vivía y mandaba, vuelvo a sentir miedo por el futuro y asco por el presente. ¡Qué país, este!
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¿Umbral ya no interesa?

Miguel Sánchez-Ostiz

«Umbral ya no interesa: Planeta iba a quemar sus libros (por falta de ventas) y su Fundación los salva. Te lo cuento aquí», escribe Lorena G. Maldonado para publicitar un artículo publicado en El Español sobre el protocolo editorial de quemar excendentes editoriales. Es posible que desde el punto de vista del pelotazo comercial eso sea cierto, que haya dejado de interesar el ecritor, eso según para quién o quiénes. Un buen lector que no se dejara arrastrar por los prejuicios que el mismo autor provocaba con sus apariciones públicas o por las filias y las fobias de la feroz tribu literaria (así la llamaba el escritor) sería raro que no encuentre un libro de Umbral que le seduzca: imágenes deslumbrantes, incitaciones lectoras, ideas originales... No me importa confesar que tengo debilidad por el escritor, no por todos sus libros desde luego –si ha muerto esas páginas más pronto lo hizo la época de la que fueron crónica y exorcismo–, sí por los más diarísticos, más autobiográficos y confesionales, más de construir un personaje sólido y, detrás, de afirmar en la escritura una persona que no tuve la suerte de conocer.
Pero el artículo enlazado invita a reflexionar sobre la suerte de tus libros publicados desde hace años y recordar las cartas que recibías (algunas en falso) anunciándote la destrucción de títulos. Te das cuenta de que acabas siendo un autor de libros desaparecidos que nadie quiere, que los tuyos son por fuerza trabajos efímeros condenados casi con seguridad a la inexistencia. Poco importa que hayas publicado mucho si esos libros no están en el comercio como no sea de viejo y aun así porque los antiguos saldos me parece que ya no son protocolares: autor de pocos lectores, pero seguros, que conforman no sé qué orden medio monástica, medio rebelde y brava de lectores, a su aire, que te sostiene. Lo otro va con el aire del tiempo contra el que muy poco puedes hacer. Demasiado viejo para estudiar el mercado y subirte al carro de alguna moda. Y si eliges quedarte fuera de las redes sociales, todavía desapareces un poco más... Un escritor póstumo, sea o deje de ser inédito, es ya algo muy raro. El escritor solo puede confiar en su presente, lo demás es bibliofilia o biblioteca, Rastro, Encantes, chirrión...

*Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (15/1/2018)
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